4.11.08

Episodio VI: I still haven't found what I'm looking for

"La búsqueda de la cosa es la cosa" Lo leí mil veces, lo escuché otras tantas; algunos me juraron que lo había escrito el Barón de Montaigne y otros que alguien lo citó erróneamente. Más de dos años me aboqué a la búsqueda infructuosa del misterioso personaje autor de estas palabras hasta que el viejo ciego, como siempre, me dió la mejor respuesta: el autor es solo anécdota.

Poco importa que estas palabras las haya escrito un bordelés del siglo XVI encerrado en una biblioteca circular -curioso, ya que hablábamos del anciano no vidente-, un porteño contemporáneo de dudosa reputación radial, un florentino decimonónico de incipiente calvicie y pésima reputación, el nefasto autor de estas páginas -afirmación ésta que refuto por falsa- o el Chavo del Ocho. Lo cierto es que la frase asusta por certera.

Quienes dudamos -eternamente- nos maravillamos con hondo temor ante estas verdades de café que, pensadas, se convierten en atroces máximas de vida irrefutables desde nuestro plano. Se me dirá que exageramos; duele afirmar que no sólo no lo hacemos, sino que ni siquiera llegamos a contemplar el verdadero alcance de esta línea.

¿O acaso la búsqueda de la santidad no es santa? ¿O no podemos decir sin que nos tiemble la voz que el espinoso camino hacia aquel amor irreemplazable nos convirtió en el amor mismo, fuere cual fuere el resultado? ¿O en ese viaje que emprendemos hacia el destino que anhelamos no se convierte en sí mismo en el destino a alcanzar?

Claro que en estos días en los que la llegada se impone al camino encontraremos incontables refutaciones; de nada sirve llegar al triunfo si el camino mismo era en sí el triunfo mismo, se nos dirá con una mueca idiota que llamarán sonrisa. Y nosotros, con expresión adusta afirmaremos que, de hecho, de nada sirve llegar al triunfo, porque el triunfo, queridísimos y escasos lectores, no existe. Por eso este blog no garpa.

No garpa porque al decir esto estamos metiendo el dedo -previamente humedecido en alcohol fino- en el medio y hastal fondo de una llaga que nadie quiere abierta, y que sólo se siente cerrada cuando la vendamos y ocultamos con las gasas de la hipocresía triunfal y la mentira cosificada (¡Cómo estamos hoy!). No garpa porque de reconocer que el éxito es una farsa -que nadie triunfa, que nadie llega- a afirmar que caminamos todos el mismo camino y que la tan mentada igualdad es moralmente insoslayable hay un solo paso, y sabernos mediocres duele ¡Y cómo!

No garpa porque el dolor de no llegar no es para cualquiera, incluyendo a los sucios y desprolijos autores de estas líneas. No garpa porque si no llegamos nunca, si el camino mismo, si la búsqueda de aquello que deseamos es la cosa misma buscada, entonces no nos diferencian las llegadas sino los caminos; y eso, al que cree llegar y mira para atrás regocijándose en el atraso del que viene segundo, no le gusta nada.

No garpa porque de ser verdad el argumento -y no lo dudamos- aquella rubiecita de ojos grises que le rompe el corazón al eterno enamorado que nunca la alcanzó es más suya que del que por azar la tiene al lado; duro, pero la rubiecita es del gordito de gafas, y no del rubio y feliz novio de turno, aunque ninguno de los tres sospeche esta verdad. No garpa porque reconocer esta verdad nos lleva fatalmente a pensar que más tiene quien más busca. Y creemos que ahí está la raíz de la respuesta.

Pongámonos en situación. Hemos perseguido por años la cosa o situacion "X"; andamos y desandamos caminos, nos sumergimos en los abismos insondables del dolor, escalamos cumbres tormentosas e inalcanzables, lloramos lágrimas de sangre, abandonamos y retomamos mil y una veces la empresa, caminamos por prados, valles, montañas y playas, dejamos en el camino jirones de nuestra vida (perdón, era fácil), envejecimos y hasta encanecimos en la cuesta. Y finalmente llegó el día, el momento, el instante: ahí, frente a nosotros, está. La tenemos entre nuestros brazos, la acariciamos, la sentimos, la utilizamos, la disfrutamos.

Sea sincero, queridísimo y eventual lector ¿No era mucho más real mientras la buscaba? ¿No llenaba más su alma enclenque el sueño inalcanzable? ¿No siente que el camino le dió mucho más que la cosa? ¿No se desespera pensando que la cosa no es eso que tiene entre manos sino lo que era mientras la buscaba y soñaba alcanzarla? Sí, lo piensa, lo siente, y le duele.

Por eso, mientras caminamos por las callecitas de esta Mar del Cobre infeliz, vemos cada día más cosas tiradas. No se trata de que el servicio de recolección de residuos funcione de un modo inoperante, ni mucho menos que los marcobrenses seamos maleducados. Se trata de almas innobles que dejan tiradas todas las cosas que alcanzaron para partir en búsqueda de una cosa nueva, porque en el fondo descubrieron que una nueva búsqueda los llenará más que la cosa misma que alcanzaron y comenzaron un nuevo camino.

Aunque algunos, para no reconocer lo doloroso de caminar sin llegar a ningún lado, lo disfracen de progreso.
11.7.08

Epidodio V: Comfortably Numb

Habemos quienes nos resistimos a la felicidad; suena alegórico, trillado y hasta autocomplaciente, pero quiero decirles que esta verdad silenciosa es compartida por algunos que consideramos que la felicidad está sobrevaluada en esta queridísima (risas) sociedad en la que vivimos. Ser felices, difrutar el día, aprovechar el momento, vivir apasionadamente, sentir desaforadamente, correr hacia la meta, cumplir los sueños, intentarlo todo por conseguir lograr nuestros deseos. No voy a seguir la lista, cómprense un libro de Pablo Conejo (o pídanlo prestado mejor, asi no le dan de comer) y ahí encontrarán las claves para ser feliz persiguiendo sus sueños.

Nosotros, por nuestra parte, seguiremos confortablemente adormecidos desperdiciando sueños utópicos, negándonos a sonreir ante una foto, huyendo del logro incipiente y revolcándonos en nuestra propia y elegida ineptitud para ser felices. Porque si ser feliz es una actitud, habemos quienes renegamos de esa estúpida postura a contramano de la verdadera tragedia de la vida.

Porque hay que ser definitivamente idiota para -dejando de lado el sentimiento trágico y profundo del existir y las consecuencias oscuras y despiadadas de la vida- creer que se puede ser feliz en este mundo. Nosotros, estimados lectores -pocos, casi nulos lectores- renunciamos por este medio expresamente a ser felices. No deseamos la felicidad, no perseguimos nuestros estúpidos sueños, no corremos para llegar a ningún lado, no saciamos nuestra sensación de vacuidad con logros de morondanga que no hacen más que mediocrizarnos de un modo aterrorizante, no compramos sensaciones efímeras, y mucho menos buscamos enamorar a la petisita de enfrente.

Nosotros resistimos, adormecidos y confortables, los embates de Sensaciolandia 2008 (quien quiera acordarse que se acuerde). Conocedores del verdadero sentido de la vida (sud-sudeste) flotamos aletargados en el océano de la desazón esquivándole el bulto a la sonrisa vana. Pocos, pero firmes y dignos, no avanzamos hacia ningún lado -güisqui y habano en mano- y somos privilegiados espectadores de la marcha de la masa feliz hacia el abismo de la nada misma.

Nosotros decidimos llorar el mismo llanto de otrora, caminar los mismo caminos, por los que vinimos una y otra vez, leer los mismos libros hasta conocer cada párrafo de memoria, saltar los mismos charcos con la misma agua y en el mismo pozo, horadar los mismos sillones pra ver la misma película en el mismo televisor, besar los mismos labios con los mismos ojos cerrados, soñar los mismos sueños que sabemos irrealizables y por eso los soñamos, escribir los mismos versos hasta que se hagan uno con nuestros sentimientos. Nosotros, queridos amigos, decidimos permanecer confortablemente adormecidos ante el desarrollo de la vida.

Y se preguntará usted ¿Por qué? (y si no se lo pregunta, de todos modos con algo hay que llenar los espacios vacíos del weblog así que se lo diremos quiera o no)

Porque la vida es una tragedia. Porque renunciamos a desasarrollar cualidades de cuarta categoría para subir escalones que nos llevan a la nada misma. Porque hemos luchado, luchamos y lucharemos por enaltecer el valor de la tragedia humana en este valle de lágrimas. Porque nos sabemos perdedores en la sociedad de los winners psicodélicos de turno. Porque no cambiamos el dolor de ya no ser por la vergüenza de haber sido. Porque como Troilo, como Cadícamo, como Piazzolla, como Borges, como Sábato, como Víctor Hugo, como Shakespeare, como Cervantes, como Van Gogh, como Alem, como Illia y como tantos otros, conocemos el secreto.

No recorreremos las autopistas de la felicidad cuando a la vuelta de la esquina encontramos el camino de barro y espinoso que nos lleva a incandescentes lugares de amarga y maravillosa desdicha. Permaneceremos, insisto, comfortably numb.
4.7.08

Episodio IV: Desolation Row

Siento que soy el único al que le pasa, como siempre, pero me pregunto si les habrá gustado, como a mi, algún artista sin leer, ver o escuchar -según el caso- absolutamente nada de su obra, de puro intuitiva que resulta el alma. Y no me estoy refiriendo a seguir la corriente y manifestarse admirador de cualquier peladrún -o no- que venda más de cien mil libros, discos, cuadros, esculturas o entradas; hablo de la sincera e íntima sensación de estar en presencia -reitero que sin conocer nada de su obra artística- de alguien absolutamente diferente que sabemos de antemando que, para expresarnos académicamente, nos volará la cabeza. Insisto que no sé si alguna vez les ha ocurrido. A mi me pasó decenas de veces; y una de ellas con Bob Dylan.

Y no es que desconozca su más que vasta obra, que es maravillosa y digna de admiración, y que representa toda una época, y que bla bla bla, y cuanto elogio barato y lugar común se nos ocurra. La cosa es mucho, muchísimo más preocupante. Me refiero a que un día, después de haber admirado la obra del artista, y a pesar de ser excelente sin haber encontrado la razón para una admiración incondicional, nos encontramos frente a la verdad revelada, la razón última de nuestra fidelidad incondicional; eso me pasó con Desolation Row.

Y como huelgan las palabras ante tamaña demostración de arte, simplemente transcribiré las de Bob. Sin comentarios estúpidos, sin interpretaciones tediosas. Relajándome y dejándome llevar por la música de sus versos. Sepan disculpar esta procaz introducción a tan majestuosa obra de arte.

They're selling postcards of the hanging
They're painting the passports brown
The beauty parlor is filled with sailors
The circus is in town
Here comes the blind commissioner
They've got him in a trance
One hand is tied to the tight-rope walker
The other is in his pants
And the riot squad they're restless
They need somewhere to go
As Lady and I look out tonight
From Desolation Row

Cinderella, she seems so easy
"It takes one to know one," she smiles
And puts her hands in her back pockets
Bette Davis style
And in comes Romeo, he's moaning
"You Belong to Me I Believe"
And someone says," You're in the wrong place, my friend
You better leave"
And the only sound that's left
After the ambulances go
Is Cinderella sweeping up
On Desolation Row

Now the moon is almost hidden
The stars are beginning to hide
The fortunetelling lady
Has even taken all her things inside
All except for Cain and Abel
And the hunchback of Notre Dame
Everybody is making love
Or else expecting rain
And the Good Samaritan, he's dressing
He's getting ready for the show
He's going to the carnival tonight
On Desolation Row

Now Ophelia, she's 'neath the window
For her I feel so afraid
On her twenty-second birthday
She already is an old maid

To her, death is quite romantic
She wears an iron vest
Her profession's her religion
Her sin is her lifelessness
And though her eyes are fixed upon
Noah's great rainbow
She spends her time peeking
Into Desolation Row

Einstein, disguised as Robin Hood
With his memories in a trunk
Passed this way an hour ago
With his friend, a jealous monk
He looked so immaculately frightful
As he bummed a cigarette
Then he went off sniffing drainpipes
And reciting the alphabet
Now you would not think to look at him
But he was famous long ago
For playing the electric violin
On Desolation Row

Dr. Filth, he keeps his world
Inside of a leather cup
But all his sexless patients
They're trying to blow it up
Now his nurse, some local loser
She's in charge of the cyanide hole
And she also keeps the cards that read
"Have Mercy on His Soul"
They all play on penny whistles
You can hear them blow
If you lean your head out far enough
From Desolation Row

Across the street they've nailed the curtains
They're getting ready for the feast
The Phantom of the Opera
A perfect image of a priest
They're spoonfeeding Casanova
To get him to feel more assured
Then they'll kill him with self-confidence
After poisoning him with words

And the Phantom's shouting to skinny girls
"Get Outa Here If You Don't Know
Casanova is just being punished for going
To Desolation Row"

Now at midnight all the agents
And the superhuman crew
Come out and round up everyone
That knows more than they do
Then they bring them to the factory
Where the heart-attack machine
Is strapped across their shoulders
And then the kerosene
Is brought down from the castles
By insurance men who go
Check to see that nobody is escaping
To Desolation Row

Praise be to Nero's Neptune
The Titanic sails at dawn
And everybody's shouting
"Which Side Are You On?"
And Ezra Pound and T. S. Eliot
Fighting in the captain's tower
While calypso singers laugh at them
And fishermen hold flowers
Between the windows of the sea
Where lovely mermaids flow
And nobody has to think too much
About Desolation Row

Yes, I received your letter yesterday
(About the time the door knob broke)
When you asked how I was doing
Was that some kind of joke?
All these people that you mention
Yes, I know them, they're quite lame
I had to rearrange their faces
And give them all another name
Right now I can't read too good
Don't send me no more letters no
Not unless you mail them
From Desolation Row


Copyright © 1965; renewed 1993 Special Rider Music

13.6.08

Episodio III: Objects in the rear view mirror may appear closer than they are

Mirar para atrás suele ser muchas cosas menos placentero; por eso nosotros decidimos hacerlo constantemente. Algunos nos tildan de reaccionarios mientras hablan del futuro progresista en la mesa de un café que te cobra diez mangos el cortado. Otros insisten en recordarnos que el único momento que tiene algún sentido es el ahora, pero ni bien lo dijeron se ha convertido en pasado. Y finalmente hay algunos que frenen y escuchan -o leen- lo que tenemos para disquisicionar (Señores de la RAE, he ahí un buen verbo para agregar a nuestra bella lengua). Vamos a ver qué sale.

Supongamos, estimado lector, que es usted de los nuestros y piensa del siguiente y espantoso modo: sólo existe el pasado. Lectores de Paulo Coelho, Richard Bach y cuanto autor de autoayuda del tipo "El Mundo está en la palma de tu mano", "Tú puedes ser tu propio destino" o peor aún "Todo lo que te propongas lo lograrás", por favor abstenerse de seguir leyendo; no encontrarán en este weblog más que oportunidades de putearnos hasta el hartazgo por pertenecer a una raza de pesimistas. Pero no, no somos pesimitas. Somos patéticos, y estamos orgullosos de serlo.

Fuerte la frase; y dolorosa. Pero, queridos lectores -si es que aún queda alguno- sospechamos que puede llegar a ser fatalmente verdadera. Sólo existe el pasado, sólo existe lo que hemos vivido. Somos pasado. Somos esos chiquilines que jugaban en la vereda con los autos playeros rellenos de masilla y una cuchara en la parte delantera a modo de tunning -no existía esa palabra- perdiendo siempre porque los grandes le agregaban bolas de rulemanes a manera de lastre. Somos aquel gurrumín que se cayó de la bicicleta cuando le sacaron una de las rueditas del costado porque se olvidaba de qué lado estaba la rueda que quedaba. Somos los chicatos que jugábamos a las bolitas y al que le ganaban casi todas menos la lechera raspada en el asfalto que hacía las veces de bolita "jugadora", que no se apostaba por nada del mundo. Somos los que nunca aprendimos a pegarle a las figuritas con la mano ahuecada para que diera las vueltas que queríamos, y nos quedábamos con la mitad de la pila, regresando a casa con los ojos llorosos.

Pero somos más cosas. Somos los que nos enamoramos de la más linda del jardín, dejándole chupetines y chocolatines a escondidas, y soñándo que venía a jugar a nuestro patio, nunca vino y nunca más la vimos. Somos los que en un momento de nuestra vida, a los nueve o diez años, decidimos convertirnos en románticos incurables y poetas de pacotilla para, al menos, hacer algo con todo lo que teníamos dentro. Somos los que escribimos poemas a la compañera de banco de sexto grado mientras ella hacía que no veía lo que veía y que no evidenciaba lo evidente. Somos los que nos creímos de una vez y para siempre que no es tan bueno el éxito, mientras veíamos a los exitosos pasarla bárbaro; no saben lo que se pierden sin sufrir, pensábamos.

Y la película comienza a ser más dramática aún, porque somos los buenos tipos. Somos los que regalábamos nuestro hombro a la mujer que amábamos con locura para que llorara porque otro no la quería. Somos los que silenciosamente llenábamos cuadernos, servilletas, recibos del supermercado y cuanta hoja de papel cayera en nuestras manos de poemas y relatos que ella no leería nunca, creyendo que al menos estábamos haciendo algo con nuestor amor. Somos los que siempre quisimos porque sí, sin esperar nada a cambio y recibiendo, precisamente, nada. Somos los que un día nos hartamos de todo y decidimos convertirnos en unos hijos de puta, reconociendo a los quince minutos que resultaba imposible.

Y pasó el tiempo, y las cosas se fueron poniendo más pesadas. Somos los que pusimos nuestro romanticismo por encima de nuestro futuro. Somos los que elegimos mal sabiendo que lo hacíamos, con el sólo fin de evitar el éxito. Somos los que mirábamos de reojo a los ganadores de turno, sabiéndonos los eternos perdedores. Somos los que llegamos a una edad y decidimos que al menos la vida nos permitiría un simulacro, chocándonos contra la pared a los pocos metros de vida. Somos los que volvimos a pensar que perder es maravilloso.

Las cosas en el espejo retrovisor
-al contrario que en el caso de los autos- pueden parecer más cerca de lo que están. Al escribir estas palabras me siento demasiado cerca de aquel pibe que perdía a las bolitas, aunque hayan pasado décadas. ¿Pasaron décadas? Depende para quién; para la chica más linda del jardín, para la compañerita de sexto que hacía que no sabía, para la que lloraba penas ajenas en nuestro hombro y para la que nos regaló nuestro primer fracaso en serio, sí. Pasaron décadas.

Para nosotros, apenas instantes.

2.6.08

Episodio II: My First Lady

Centenares. Miles. Millones de canciones, poemas, relatos, cuentos, novelas, películas y cuanta expresión de arte imaginemos, se refieren directa e indirectamente al primer amor, a la primer mujer por la que nuestro corazón se empecinó en latir a ritmo sincopado, a los ojos que nos miraron como nunca nos habían mirado, a los uniformes de secundario de los ochenta que impidieron mayores ausencias escolares, a las trenzas que a media mañana se convertían en una maraña sin sentido aunque nuestros ojos siguieran viendo trenzas, a las medias tres cuarto azules -horribles- que tanto nos gustaban, al beso que no podemos olvidar, a la asignatura pendiente que no rendiremos nunca con aquella chica que hoy tiene dos hijos y va por su tercer marido, a las caminatas por la playa o la costa sin atrevernos siquiera a decirle lo que sentíamos, a la muchacha de ojos de papel, a la que nos quiere y no, a la que se parecía a la guitarra, a la que hizo escribir los versos más tristes aquella noche. Al primer amor.

Puede entenderse que haya un pequeño número de oligofrénicos que se quedaron en su infancia o adolescencia y sólo puedan recordar melancólica y patéticamente a su primera noviecita o a su primer amor por propia incapacidad. También podemos comprender que haya otro número -similar al primero- que se aferre al pasado como gallego a la bota de vino y, merced a su pretendida poesía -de cuarta y prefabricada- sigan cantándole a las chicas de quince que nunca van a poder olvidar mientras lloran por años que no volverán. Finalmente, tal vez haya unos pocos que sigan enamorados absolutamente de la misma mujer, sin cambios, con el mismo uniforme, las mismas trencitas, la misma ortodoncia y los mismos Kicker's; enfermos hay en todos lados.

Ahora bien ¿Qué pasa con el resto de de los cientos de miles de cuya sanidad mental no nos es dado dudar demasiado? ¿Qué hacemos con el resto de las manifestaciones artísticas, aquellas que parecen salir de alguien que poco tiene de enfermo y mucho de artista liso y llano? ¿Cómo explicamos ese eterno retorno al gran amor primero?

Una primera aproximación nos dice que es muy probable que -asi como uno recuerda al primer ganador de la Copa Libertadores, al primer Talk Show o Reality Show, a la primera mascota, al primer amigo, al primer auto que manejó, a la primera vez que se emborrachó y al primer recital- uno recuerde su primer amor, la primera vez que el corazón latió distinto, más que al resto de las mujeres que han pasado por su vida. Es probable, pero sin duda alguna no explica la obsesión artística; no existen mil y una canciones dedicadas al primer perro...

¿De qué se trata entonces? Nosotros, desde esta humilde tribuna que quizá nadie lea, arriesgaremos una teoría que -seguramente- no tiene nada de original, pero a la que hemos llegado no sin sufrimiento -y del hondo, del que duele en serio- a lo largo de los años: el objeto de nuestro amor nunca cambia. Como siempre que tiramos palabras en este foro, tendremos que explicarlas porque somos así de retorcidos; a ver si podemos hacernos entender.

No queremos decir que seguiremos enamorados de la misma persona, aunque eso puede pasar y eso -si es mutuo- puede llegar a ser maravilloso. Pero en ese caso, el que no cambia es el sujeto de nuestro amor; lo que no cambia es ella. Lo que nosotros postulamos es algo más terrible, y es que si bien nos hemos enamorado a lo largo de estos años de incontables mujeres -rubias, morenas, castañas, altas, bajas, gordas, flacas, lindas, feas, inteligentes, huecas, únicas-, en realidad estamos enamorados de la misma mujer sin nombre ni rostro de la que nos hemos enamorado la primera vez.

Nuestro amor no cambia en lo más mínimo. Seguimos buscando, en definitiva, ese algo que sentimos cuando nos enamoramos de ella, la del uniforme y las trencitas. Seguimos buscando esas sensaciónes que conocimos por primera vez con ella, la hayamos enamorado o no, eso es irrelevante.

Es aquí donde se presenta el inconveniente mayor, y a la vez la respuesta a nuestro interrogante ¿Por qué, entonces, aún enamorados de una mujer veinte años después, seguimos sumidos en la melancolía del primer amor? Sencillamente, porque nunca -jamás- volveremos a sentirnos de ese modo. Esos sentimientos de amor absoluto y desconocido, esa primera vez en todo -cartas de amor, miradas cómplices, canciones que nos hacen llorar, puertas que nos recuerdan a ella- no regresa nunca.

Así, durante toda nuestra vida seguiremos buscando ese amor, esa sensación del primer amor. Seguramente no seguiremos amando a la misma mujer, pero seguiremos enamorados de ese primer amor irremplazable y seguiremos buscándola a ella -redefinida por el tiempo y en otros rostros- por los rincones más recónditos del planeta.

Y nunca la encontraremos.

Episodio I: All that you can leave behind

Miro atrás y veo a las mujeres que nunca tuve, a las que dejé ir sin que supieran siquiera la existencia de un suspiro en mis labios que les pertenece irremediablemente. Veo aquellas que alguna vez lograron opacar al sol con su mirada nítida y su corazón de fuego. Veo luces y sombras dibujando sin errores las siluetas de las que no fueron porque no quise que fueran, porque decidí que nunca serían. Veo nuevamente las espaldas de las que dejé partir sin siquiera una palabra, un gesto, una insinuación, una sonrisa; veo esas espaldas de nuevo y los mismos suspiros vuelven a ocupar su lugar en los mismos labios, aunque los labios, los suspiros y yo no somos los mismos.

Diré, corriendo el riesgo de no ser comprendido en lo absoluto, que un hombre que se precie de serlo no evalúa su vida -en cuestiones de amor- por los besos que ha robado en la semipenumbra de la juventud, ni por las caricias que le han sido otorgadas, ni por las noches de pasión -desenfrenada o no- que haya gozado, ni por las tardes de lluvia apapachadas, ni por las lunas de miel irreversibles, ni tan siquiera por las mujeres que ha tenido, las que lo han rechazado o las que lo han abandonado mientras tomaban su corazón entre sus manos para exprimirlo con una mueca de satisfacción en los diabólicos y femeninos labios. Mucho menos por las lágrimas que alguien derramó pensando en él, las cartas de amor que ha escrito o recibido, las cimas de montaña que ha alcanzado a requerimiento de tal o cual señorita de voluptuosas curvas, la fidelidad a la que se ha sometido voluntaria o involuntariamente, la evidente belleza de sus ocasionales -o permanentes- parejas, la redacción de alguna página de regular interés, la consumación de un acto heroico o la llegada al trono de tal o cual país.

Señores, la cosa es más trágica, más terrible, más desesperante: un hombre sólo puede entender de qué se trata esto del amor -de la vida, en definitiva-, recordando las mujeres que -voluntariamente- dejó pasar sin siquiera emitir sonido alguno. Un hombre conocerá la medida de su intrigante destino amoroso, la vastedad de sus latidos perdidos y la profundidad de sus suspiros cuando se detenga, se siente, cierre los ojos y recuerde, una a una, las mujeres que ha dejado pasar de largo sin una palabra.

Quiero decir que la medida justa es la ausencia, el abandono. La mujer que he podido dejar atrás, a quella a la que le abrí la puerta para ir a
jugar a otro patio, porque no me sentí digno de que jugara en el mio. Esa que siempre fue y será inalcanzable, y ante quien nunca seríamos capaces de probar si en verdad nos honraría con un segundo de su sonrisa.

Quiero decir que mi vida es aquella compañerita de jardín a la que, con apenas cuatro años, nunca pude mirar de frente y declararle mi amor sempiterno e incondicional porque sus ojos miel y sus bucles hasta la cintura atados con cintitas fucsia me dejaron sin palabras. Quiero decir que es aquella chica de andar sereno y expresión adusta, con el pelo lacio y la sonrisa hiriente, a quien durante años intenté traducirle en palabras lo que sentía en silencio sin poder lograr emitir sonido alguno.

Pero es más trágico. Es aquella mujer a quien miramos y miramos una y otra vez sabiendo que nunca será nuestra pero sospechando que a su lado el sol sería más tibio y nuestra vida cobraría sentido definitivamente. Es la que una y otra vez reaparece en nuestra vida tentándonos a reincidir en infructuosas ilusiones que nuestro corazón sabe vanas.
Es la que nos devuelve una mirada a la espera de una verdad que no podremos reconocer nunca porque sabemos perfectamente que no, que no puede ser. Que estamos destinados al fracaso.

Es, amigos míos, la plena conciencia de las mujeres que nunca serán, aunque sospechemos que deberían haberlo sido. La suma de esas mujeres, sus rostros, sus sonrisas, sus silencios, sus miradas, sus cualidades y sus espaldas al verlas alejarse, son las que nos muestran cuánto de nuestra vida valió la pena.

Porque es muy fácil enamorar mujeres hermosas... pero es mucho más maravilloso dejarlas pasar de largo, dejar que algún otario de lujo las enamore, con la certeza de que en ese renunciamiento va todo nuestro amor. Y no hablo de dejar pasar a una desconocida por la vereda sintiéndonos orgullosos de la mina a la que no le dimos bola; no señores. Hablo de enamorarse perdida e irremediablemente de una mujer, de llorar en silencio el desamor, de verla caminar cerca nuestro pero no a nuestro lado, de saber que en ella se encuentra la mitad de nuestro existir, de desgarrarse el corazón de dolor, de desangrarnos ante cada palabra del otro lado del teléfono, de sentir que la vida no tiene sentido sin ella. Una vez que ha llegado a ese lugar, querido amigo, déjela ir. Nunca le declare su amor, nunca le diga nada. Renuncie al amor de su vida. Su amor será sublime

Seremos perdedores, si, pero ¡Qué maravillosas mujeres hemos perdido!