13.6.08

Episodio III: Objects in the rear view mirror may appear closer than they are

Mirar para atrás suele ser muchas cosas menos placentero; por eso nosotros decidimos hacerlo constantemente. Algunos nos tildan de reaccionarios mientras hablan del futuro progresista en la mesa de un café que te cobra diez mangos el cortado. Otros insisten en recordarnos que el único momento que tiene algún sentido es el ahora, pero ni bien lo dijeron se ha convertido en pasado. Y finalmente hay algunos que frenen y escuchan -o leen- lo que tenemos para disquisicionar (Señores de la RAE, he ahí un buen verbo para agregar a nuestra bella lengua). Vamos a ver qué sale.

Supongamos, estimado lector, que es usted de los nuestros y piensa del siguiente y espantoso modo: sólo existe el pasado. Lectores de Paulo Coelho, Richard Bach y cuanto autor de autoayuda del tipo "El Mundo está en la palma de tu mano", "Tú puedes ser tu propio destino" o peor aún "Todo lo que te propongas lo lograrás", por favor abstenerse de seguir leyendo; no encontrarán en este weblog más que oportunidades de putearnos hasta el hartazgo por pertenecer a una raza de pesimistas. Pero no, no somos pesimitas. Somos patéticos, y estamos orgullosos de serlo.

Fuerte la frase; y dolorosa. Pero, queridos lectores -si es que aún queda alguno- sospechamos que puede llegar a ser fatalmente verdadera. Sólo existe el pasado, sólo existe lo que hemos vivido. Somos pasado. Somos esos chiquilines que jugaban en la vereda con los autos playeros rellenos de masilla y una cuchara en la parte delantera a modo de tunning -no existía esa palabra- perdiendo siempre porque los grandes le agregaban bolas de rulemanes a manera de lastre. Somos aquel gurrumín que se cayó de la bicicleta cuando le sacaron una de las rueditas del costado porque se olvidaba de qué lado estaba la rueda que quedaba. Somos los chicatos que jugábamos a las bolitas y al que le ganaban casi todas menos la lechera raspada en el asfalto que hacía las veces de bolita "jugadora", que no se apostaba por nada del mundo. Somos los que nunca aprendimos a pegarle a las figuritas con la mano ahuecada para que diera las vueltas que queríamos, y nos quedábamos con la mitad de la pila, regresando a casa con los ojos llorosos.

Pero somos más cosas. Somos los que nos enamoramos de la más linda del jardín, dejándole chupetines y chocolatines a escondidas, y soñándo que venía a jugar a nuestro patio, nunca vino y nunca más la vimos. Somos los que en un momento de nuestra vida, a los nueve o diez años, decidimos convertirnos en románticos incurables y poetas de pacotilla para, al menos, hacer algo con todo lo que teníamos dentro. Somos los que escribimos poemas a la compañera de banco de sexto grado mientras ella hacía que no veía lo que veía y que no evidenciaba lo evidente. Somos los que nos creímos de una vez y para siempre que no es tan bueno el éxito, mientras veíamos a los exitosos pasarla bárbaro; no saben lo que se pierden sin sufrir, pensábamos.

Y la película comienza a ser más dramática aún, porque somos los buenos tipos. Somos los que regalábamos nuestro hombro a la mujer que amábamos con locura para que llorara porque otro no la quería. Somos los que silenciosamente llenábamos cuadernos, servilletas, recibos del supermercado y cuanta hoja de papel cayera en nuestras manos de poemas y relatos que ella no leería nunca, creyendo que al menos estábamos haciendo algo con nuestor amor. Somos los que siempre quisimos porque sí, sin esperar nada a cambio y recibiendo, precisamente, nada. Somos los que un día nos hartamos de todo y decidimos convertirnos en unos hijos de puta, reconociendo a los quince minutos que resultaba imposible.

Y pasó el tiempo, y las cosas se fueron poniendo más pesadas. Somos los que pusimos nuestro romanticismo por encima de nuestro futuro. Somos los que elegimos mal sabiendo que lo hacíamos, con el sólo fin de evitar el éxito. Somos los que mirábamos de reojo a los ganadores de turno, sabiéndonos los eternos perdedores. Somos los que llegamos a una edad y decidimos que al menos la vida nos permitiría un simulacro, chocándonos contra la pared a los pocos metros de vida. Somos los que volvimos a pensar que perder es maravilloso.

Las cosas en el espejo retrovisor
-al contrario que en el caso de los autos- pueden parecer más cerca de lo que están. Al escribir estas palabras me siento demasiado cerca de aquel pibe que perdía a las bolitas, aunque hayan pasado décadas. ¿Pasaron décadas? Depende para quién; para la chica más linda del jardín, para la compañerita de sexto que hacía que no sabía, para la que lloraba penas ajenas en nuestro hombro y para la que nos regaló nuestro primer fracaso en serio, sí. Pasaron décadas.

Para nosotros, apenas instantes.

3 comentarios:

Lady Margot dijo...

Esta vez casi lo logra Urrustiaga, sin embargo déjeme "discrepar" con usted apenas un poco: no creo que seamos pesimistas o perdedores, o por lo menos yo no me siento como usted (si me permite personalizarlo) Creo, firmemente, en una sabias palabras que hace tiempo escribió un Señor que usaba barbas, anteojos de marco de carey muy feos pero modernos para la época y que le seguían gustando los juegos de niños pero que los aplicaba de una forma bastante particular... Mi amigo escribió esto alguna vez y lo compartí desde el momento en que logré comprenderlo: "Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados esa condición que me dividía de mis amigos y a la vez los atraía hacia el raro, el diferente, el que metía el dedo en el ventilador. No estaba privado de felicidad; la única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su matrícula, y desde luego no era fácil..."
Creo sinceramente que ahí está la cuestión: calzar en una época donde las zapaterías no regalan más calzadores...

Juan Carlos Molina Urrustiaga dijo...

Ay Ay Ay Lady Margo

No puedo. Quisiera coincidir, pero no puedo. Es un maravilloso engaño, pero no.

Anónimo dijo...

Desde la primer frase capturaste mi atención.
Pero yo no le llamo instantes, le llamo "suspiros", aunque desconozca porque le llamo así.
Sostengo firmemente que somos lo que somos hoy gracias a haber sido lo que fuimos ayer. Nunca renegué de mi pasado, volví (y vuelvo) a él cuantas veces se me ocurre ya que ahí encuentro mi verdadero yo actual.

Realmente me gustó el post, creo que es aplicable a la vida de muchas personas (me inlcuyo)


Beso enorme!