"La búsqueda de la cosa es la cosa" Lo leí mil veces, lo escuché otras tantas; algunos me juraron que lo había escrito el Barón de Montaigne y otros que alguien lo citó erróneamente. Más de dos años me aboqué a la búsqueda infructuosa del misterioso personaje autor de estas palabras hasta que el viejo ciego, como siempre, me dió la mejor respuesta: el autor es solo anécdota.
Poco importa que estas palabras las haya escrito un bordelés del siglo XVI encerrado en una biblioteca circular -curioso, ya que hablábamos del anciano no vidente-, un porteño contemporáneo de dudosa reputación radial, un florentino decimonónico de incipiente calvicie y pésima reputación, el nefasto autor de estas páginas -afirmación ésta que refuto por falsa- o el Chavo del Ocho. Lo cierto es que la frase asusta por certera.
Quienes dudamos -eternamente- nos maravillamos con hondo temor ante estas verdades de café que, pensadas, se convierten en atroces máximas de vida irrefutables desde nuestro plano. Se me dirá que exageramos; duele afirmar que no sólo no lo hacemos, sino que ni siquiera llegamos a contemplar el verdadero alcance de esta línea.
¿O acaso la búsqueda de la santidad no es santa? ¿O no podemos decir sin que nos tiemble la voz que el espinoso camino hacia aquel amor irreemplazable nos convirtió en el amor mismo, fuere cual fuere el resultado? ¿O en ese viaje que emprendemos hacia el destino que anhelamos no se convierte en sí mismo en el destino a alcanzar?
Claro que en estos días en los que la llegada se impone al camino encontraremos incontables refutaciones; de nada sirve llegar al triunfo si el camino mismo era en sí el triunfo mismo, se nos dirá con una mueca idiota que llamarán sonrisa. Y nosotros, con expresión adusta afirmaremos que, de hecho, de nada sirve llegar al triunfo, porque el triunfo, queridísimos y escasos lectores, no existe. Por eso este blog no garpa.
No garpa porque al decir esto estamos metiendo el dedo -previamente humedecido en alcohol fino- en el medio y hastal fondo de una llaga que nadie quiere abierta, y que sólo se siente cerrada cuando la vendamos y ocultamos con las gasas de la hipocresía triunfal y la mentira cosificada (¡Cómo estamos hoy!). No garpa porque de reconocer que el éxito es una farsa -que nadie triunfa, que nadie llega- a afirmar que caminamos todos el mismo camino y que la tan mentada igualdad es moralmente insoslayable hay un solo paso, y sabernos mediocres duele ¡Y cómo!
No garpa porque el dolor de no llegar no es para cualquiera, incluyendo a los sucios y desprolijos autores de estas líneas. No garpa porque si no llegamos nunca, si el camino mismo, si la búsqueda de aquello que deseamos es la cosa misma buscada, entonces no nos diferencian las llegadas sino los caminos; y eso, al que cree llegar y mira para atrás regocijándose en el atraso del que viene segundo, no le gusta nada.
No garpa porque de ser verdad el argumento -y no lo dudamos- aquella rubiecita de ojos grises que le rompe el corazón al eterno enamorado que nunca la alcanzó es más suya que del que por azar la tiene al lado; duro, pero la rubiecita es del gordito de gafas, y no del rubio y feliz novio de turno, aunque ninguno de los tres sospeche esta verdad. No garpa porque reconocer esta verdad nos lleva fatalmente a pensar que más tiene quien más busca. Y creemos que ahí está la raíz de la respuesta.
Pongámonos en situación. Hemos perseguido por años la cosa o situacion "X"; andamos y desandamos caminos, nos sumergimos en los abismos insondables del dolor, escalamos cumbres tormentosas e inalcanzables, lloramos lágrimas de sangre, abandonamos y retomamos mil y una veces la empresa, caminamos por prados, valles, montañas y playas, dejamos en el camino jirones de nuestra vida (perdón, era fácil), envejecimos y hasta encanecimos en la cuesta. Y finalmente llegó el día, el momento, el instante: ahí, frente a nosotros, está. La tenemos entre nuestros brazos, la acariciamos, la sentimos, la utilizamos, la disfrutamos.
Sea sincero, queridísimo y eventual lector ¿No era mucho más real mientras la buscaba? ¿No llenaba más su alma enclenque el sueño inalcanzable? ¿No siente que el camino le dió mucho más que la cosa? ¿No se desespera pensando que la cosa no es eso que tiene entre manos sino lo que era mientras la buscaba y soñaba alcanzarla? Sí, lo piensa, lo siente, y le duele.
Por eso, mientras caminamos por las callecitas de esta Mar del Cobre infeliz, vemos cada día más cosas tiradas. No se trata de que el servicio de recolección de residuos funcione de un modo inoperante, ni mucho menos que los marcobrenses seamos maleducados. Se trata de almas innobles que dejan tiradas todas las cosas que alcanzaron para partir en búsqueda de una cosa nueva, porque en el fondo descubrieron que una nueva búsqueda los llenará más que la cosa misma que alcanzaron y comenzaron un nuevo camino.
Aunque algunos, para no reconocer lo doloroso de caminar sin llegar a ningún lado, lo disfracen de progreso.
Poco importa que estas palabras las haya escrito un bordelés del siglo XVI encerrado en una biblioteca circular -curioso, ya que hablábamos del anciano no vidente-, un porteño contemporáneo de dudosa reputación radial, un florentino decimonónico de incipiente calvicie y pésima reputación, el nefasto autor de estas páginas -afirmación ésta que refuto por falsa- o el Chavo del Ocho. Lo cierto es que la frase asusta por certera.
Quienes dudamos -eternamente- nos maravillamos con hondo temor ante estas verdades de café que, pensadas, se convierten en atroces máximas de vida irrefutables desde nuestro plano. Se me dirá que exageramos; duele afirmar que no sólo no lo hacemos, sino que ni siquiera llegamos a contemplar el verdadero alcance de esta línea.
¿O acaso la búsqueda de la santidad no es santa? ¿O no podemos decir sin que nos tiemble la voz que el espinoso camino hacia aquel amor irreemplazable nos convirtió en el amor mismo, fuere cual fuere el resultado? ¿O en ese viaje que emprendemos hacia el destino que anhelamos no se convierte en sí mismo en el destino a alcanzar?
Claro que en estos días en los que la llegada se impone al camino encontraremos incontables refutaciones; de nada sirve llegar al triunfo si el camino mismo era en sí el triunfo mismo, se nos dirá con una mueca idiota que llamarán sonrisa. Y nosotros, con expresión adusta afirmaremos que, de hecho, de nada sirve llegar al triunfo, porque el triunfo, queridísimos y escasos lectores, no existe. Por eso este blog no garpa.
No garpa porque al decir esto estamos metiendo el dedo -previamente humedecido en alcohol fino- en el medio y hastal fondo de una llaga que nadie quiere abierta, y que sólo se siente cerrada cuando la vendamos y ocultamos con las gasas de la hipocresía triunfal y la mentira cosificada (¡Cómo estamos hoy!). No garpa porque de reconocer que el éxito es una farsa -que nadie triunfa, que nadie llega- a afirmar que caminamos todos el mismo camino y que la tan mentada igualdad es moralmente insoslayable hay un solo paso, y sabernos mediocres duele ¡Y cómo!
No garpa porque el dolor de no llegar no es para cualquiera, incluyendo a los sucios y desprolijos autores de estas líneas. No garpa porque si no llegamos nunca, si el camino mismo, si la búsqueda de aquello que deseamos es la cosa misma buscada, entonces no nos diferencian las llegadas sino los caminos; y eso, al que cree llegar y mira para atrás regocijándose en el atraso del que viene segundo, no le gusta nada.
No garpa porque de ser verdad el argumento -y no lo dudamos- aquella rubiecita de ojos grises que le rompe el corazón al eterno enamorado que nunca la alcanzó es más suya que del que por azar la tiene al lado; duro, pero la rubiecita es del gordito de gafas, y no del rubio y feliz novio de turno, aunque ninguno de los tres sospeche esta verdad. No garpa porque reconocer esta verdad nos lleva fatalmente a pensar que más tiene quien más busca. Y creemos que ahí está la raíz de la respuesta.
Pongámonos en situación. Hemos perseguido por años la cosa o situacion "X"; andamos y desandamos caminos, nos sumergimos en los abismos insondables del dolor, escalamos cumbres tormentosas e inalcanzables, lloramos lágrimas de sangre, abandonamos y retomamos mil y una veces la empresa, caminamos por prados, valles, montañas y playas, dejamos en el camino jirones de nuestra vida (perdón, era fácil), envejecimos y hasta encanecimos en la cuesta. Y finalmente llegó el día, el momento, el instante: ahí, frente a nosotros, está. La tenemos entre nuestros brazos, la acariciamos, la sentimos, la utilizamos, la disfrutamos.
Sea sincero, queridísimo y eventual lector ¿No era mucho más real mientras la buscaba? ¿No llenaba más su alma enclenque el sueño inalcanzable? ¿No siente que el camino le dió mucho más que la cosa? ¿No se desespera pensando que la cosa no es eso que tiene entre manos sino lo que era mientras la buscaba y soñaba alcanzarla? Sí, lo piensa, lo siente, y le duele.
Por eso, mientras caminamos por las callecitas de esta Mar del Cobre infeliz, vemos cada día más cosas tiradas. No se trata de que el servicio de recolección de residuos funcione de un modo inoperante, ni mucho menos que los marcobrenses seamos maleducados. Se trata de almas innobles que dejan tiradas todas las cosas que alcanzaron para partir en búsqueda de una cosa nueva, porque en el fondo descubrieron que una nueva búsqueda los llenará más que la cosa misma que alcanzaron y comenzaron un nuevo camino.
Aunque algunos, para no reconocer lo doloroso de caminar sin llegar a ningún lado, lo disfracen de progreso.

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