Centenares. Miles. Millones de canciones, poemas, relatos, cuentos, novelas, películas y cuanta expresión de arte imaginemos, se refieren directa e indirectamente al primer amor, a la primer mujer por la que nuestro corazón se empecinó en latir a ritmo sincopado, a los ojos que nos miraron como nunca nos habían mirado, a los uniformes de secundario de los ochenta que impidieron mayores ausencias escolares, a las trenzas que a media mañana se convertían en una maraña sin sentido aunque nuestros ojos siguieran viendo trenzas, a las medias tres cuarto azules -horribles- que tanto nos gustaban, al beso que no podemos olvidar, a la asignatura pendiente que no rendiremos nunca con aquella chica que hoy tiene dos hijos y va por su tercer marido, a las caminatas por la playa o la costa sin atrevernos siquiera a decirle lo que sentíamos, a la muchacha de ojos de papel, a la que nos quiere y no, a la que se parecía a la guitarra, a la que hizo escribir los versos más tristes aquella noche. Al primer amor.
Puede entenderse que haya un pequeño número de oligofrénicos que se quedaron en su infancia o adolescencia y sólo puedan recordar melancólica y patéticamente a su primera noviecita o a su primer amor por propia incapacidad. También podemos comprender que haya otro número -similar al primero- que se aferre al pasado como gallego a la bota de vino y, merced a su pretendida poesía -de cuarta y prefabricada- sigan cantándole a las chicas de quince que nunca van a poder olvidar mientras lloran por años que no volverán. Finalmente, tal vez haya unos pocos que sigan enamorados absolutamente de la misma mujer, sin cambios, con el mismo uniforme, las mismas trencitas, la misma ortodoncia y los mismos Kicker's; enfermos hay en todos lados.
Ahora bien ¿Qué pasa con el resto de de los cientos de miles de cuya sanidad mental no nos es dado dudar demasiado? ¿Qué hacemos con el resto de las manifestaciones artísticas, aquellas que parecen salir de alguien que poco tiene de enfermo y mucho de artista liso y llano? ¿Cómo explicamos ese eterno retorno al gran amor primero?
Una primera aproximación nos dice que es muy probable que -asi como uno recuerda al primer ganador de la Copa Libertadores, al primer Talk Show o Reality Show, a la primera mascota, al primer amigo, al primer auto que manejó, a la primera vez que se emborrachó y al primer recital- uno recuerde su primer amor, la primera vez que el corazón latió distinto, más que al resto de las mujeres que han pasado por su vida. Es probable, pero sin duda alguna no explica la obsesión artística; no existen mil y una canciones dedicadas al primer perro...
¿De qué se trata entonces? Nosotros, desde esta humilde tribuna que quizá nadie lea, arriesgaremos una teoría que -seguramente- no tiene nada de original, pero a la que hemos llegado no sin sufrimiento -y del hondo, del que duele en serio- a lo largo de los años: el objeto de nuestro amor nunca cambia. Como siempre que tiramos palabras en este foro, tendremos que explicarlas porque somos así de retorcidos; a ver si podemos hacernos entender.
No queremos decir que seguiremos enamorados de la misma persona, aunque eso puede pasar y eso -si es mutuo- puede llegar a ser maravilloso. Pero en ese caso, el que no cambia es el sujeto de nuestro amor; lo que no cambia es ella. Lo que nosotros postulamos es algo más terrible, y es que si bien nos hemos enamorado a lo largo de estos años de incontables mujeres -rubias, morenas, castañas, altas, bajas, gordas, flacas, lindas, feas, inteligentes, huecas, únicas-, en realidad estamos enamorados de la misma mujer sin nombre ni rostro de la que nos hemos enamorado la primera vez.
Nuestro amor no cambia en lo más mínimo. Seguimos buscando, en definitiva, ese algo que sentimos cuando nos enamoramos de ella, la del uniforme y las trencitas. Seguimos buscando esas sensaciónes que conocimos por primera vez con ella, la hayamos enamorado o no, eso es irrelevante.
Es aquí donde se presenta el inconveniente mayor, y a la vez la respuesta a nuestro interrogante ¿Por qué, entonces, aún enamorados de una mujer veinte años después, seguimos sumidos en la melancolía del primer amor? Sencillamente, porque nunca -jamás- volveremos a sentirnos de ese modo. Esos sentimientos de amor absoluto y desconocido, esa primera vez en todo -cartas de amor, miradas cómplices, canciones que nos hacen llorar, puertas que nos recuerdan a ella- no regresa nunca.
Así, durante toda nuestra vida seguiremos buscando ese amor, esa sensación del primer amor. Seguramente no seguiremos amando a la misma mujer, pero seguiremos enamorados de ese primer amor irremplazable y seguiremos buscándola a ella -redefinida por el tiempo y en otros rostros- por los rincones más recónditos del planeta.
Y nunca la encontraremos.
Puede entenderse que haya un pequeño número de oligofrénicos que se quedaron en su infancia o adolescencia y sólo puedan recordar melancólica y patéticamente a su primera noviecita o a su primer amor por propia incapacidad. También podemos comprender que haya otro número -similar al primero- que se aferre al pasado como gallego a la bota de vino y, merced a su pretendida poesía -de cuarta y prefabricada- sigan cantándole a las chicas de quince que nunca van a poder olvidar mientras lloran por años que no volverán. Finalmente, tal vez haya unos pocos que sigan enamorados absolutamente de la misma mujer, sin cambios, con el mismo uniforme, las mismas trencitas, la misma ortodoncia y los mismos Kicker's; enfermos hay en todos lados.
Ahora bien ¿Qué pasa con el resto de de los cientos de miles de cuya sanidad mental no nos es dado dudar demasiado? ¿Qué hacemos con el resto de las manifestaciones artísticas, aquellas que parecen salir de alguien que poco tiene de enfermo y mucho de artista liso y llano? ¿Cómo explicamos ese eterno retorno al gran amor primero?
Una primera aproximación nos dice que es muy probable que -asi como uno recuerda al primer ganador de la Copa Libertadores, al primer Talk Show o Reality Show, a la primera mascota, al primer amigo, al primer auto que manejó, a la primera vez que se emborrachó y al primer recital- uno recuerde su primer amor, la primera vez que el corazón latió distinto, más que al resto de las mujeres que han pasado por su vida. Es probable, pero sin duda alguna no explica la obsesión artística; no existen mil y una canciones dedicadas al primer perro...
¿De qué se trata entonces? Nosotros, desde esta humilde tribuna que quizá nadie lea, arriesgaremos una teoría que -seguramente- no tiene nada de original, pero a la que hemos llegado no sin sufrimiento -y del hondo, del que duele en serio- a lo largo de los años: el objeto de nuestro amor nunca cambia. Como siempre que tiramos palabras en este foro, tendremos que explicarlas porque somos así de retorcidos; a ver si podemos hacernos entender.
No queremos decir que seguiremos enamorados de la misma persona, aunque eso puede pasar y eso -si es mutuo- puede llegar a ser maravilloso. Pero en ese caso, el que no cambia es el sujeto de nuestro amor; lo que no cambia es ella. Lo que nosotros postulamos es algo más terrible, y es que si bien nos hemos enamorado a lo largo de estos años de incontables mujeres -rubias, morenas, castañas, altas, bajas, gordas, flacas, lindas, feas, inteligentes, huecas, únicas-, en realidad estamos enamorados de la misma mujer sin nombre ni rostro de la que nos hemos enamorado la primera vez.
Nuestro amor no cambia en lo más mínimo. Seguimos buscando, en definitiva, ese algo que sentimos cuando nos enamoramos de ella, la del uniforme y las trencitas. Seguimos buscando esas sensaciónes que conocimos por primera vez con ella, la hayamos enamorado o no, eso es irrelevante.
Es aquí donde se presenta el inconveniente mayor, y a la vez la respuesta a nuestro interrogante ¿Por qué, entonces, aún enamorados de una mujer veinte años después, seguimos sumidos en la melancolía del primer amor? Sencillamente, porque nunca -jamás- volveremos a sentirnos de ese modo. Esos sentimientos de amor absoluto y desconocido, esa primera vez en todo -cartas de amor, miradas cómplices, canciones que nos hacen llorar, puertas que nos recuerdan a ella- no regresa nunca.
Así, durante toda nuestra vida seguiremos buscando ese amor, esa sensación del primer amor. Seguramente no seguiremos amando a la misma mujer, pero seguiremos enamorados de ese primer amor irremplazable y seguiremos buscándola a ella -redefinida por el tiempo y en otros rostros- por los rincones más recónditos del planeta.
Y nunca la encontraremos.

3 comentarios:
Señor Urrustiaga: recuerdo haber mezclado sus letras con las mias allá lejos y hace tiempo y como veo que sus soliloquios cada vez "se alejan más del recipiente" quisiera acercarle las nociones de una fémina que no está segura de compartir su posicionamiento.
Desde ya que el primer amor es, tal como usted dice, importante en su jerarquía sin embargo no concordamos en aquello de que el primer amor es y será siempre "El Amor" así con mayúsculas y remarcado para que se note que es de eso de lo que estamos hablando. El que ama cambia tanto como el amado, en mi caso, el jovencito de pantalones cortos ya nunca volverá a serlo (¡ni Dios permita!) pero creo que tampoco yo conservo una imagen tan viva de él como para volver a enamorarme nuevamente. En otra palabras: esta señora que soy hoy no puede enamorarse todos los días de ese recuerdo pese a su belleza intrínseca, no puedo enamorarme de la sensación tampoco porque es la sensación se una niña que ve a un niño (o a un joven en realidad, esa manía que tenemos as mujeres...) Supongo que en el primer amor, todos, sin distinción de sexo ni religión, conservan ese sinsabor de lo que podría haber sido un mar de dulzura, un universo de sueños e idealización por los años transcurridos, esas maravillas que usted tan bien describe en su Episodio II. Por lo tanto, creo que idealizamos la no realización o la realización a medias, creo que usted describe más bien un "medio-amor" platónico, tan como yo entiendo al primer amor.
Con esto no crea que fui la más exitosa del barrio... Sólo creo que la niñez me duró poco...
Mis más sinceros saludos.
Sus comentarios o lamentos aunque elocuentes son algo empalagosos. De la chica que tiene, dice que prefiere el camino hacia ella. De las que dejó ir, usted no dice que en realidad ellas fueron las que decidieron irse porque posiblemente no les inpiró interés. Las mujeres existen mucho más que para brindarles la felicidad a los hombres. Ellas también quieren y buscan su propia felicidad. El denominador común en todos estos escritos es usted, “el Sol”, y las mujeres simplemente son planetas que giran en torno a usted. A mi entender es usted más ensimismado que romántico. Pecando igual que usted, le digo en inglés: Love the one you are with, y no se complique tanto la vida. Y aún más le urgo a no fumar tanto porque no le hace bien.
Mmmmmmm
Se llama personaje.
Se llama ficción.
Se llama desaliento.
Se llama nostalgia
Se llama Literatura (barata, pero literatura?
¿Es tan difícil de entender?
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