2.6.08

Episodio I: All that you can leave behind

Miro atrás y veo a las mujeres que nunca tuve, a las que dejé ir sin que supieran siquiera la existencia de un suspiro en mis labios que les pertenece irremediablemente. Veo aquellas que alguna vez lograron opacar al sol con su mirada nítida y su corazón de fuego. Veo luces y sombras dibujando sin errores las siluetas de las que no fueron porque no quise que fueran, porque decidí que nunca serían. Veo nuevamente las espaldas de las que dejé partir sin siquiera una palabra, un gesto, una insinuación, una sonrisa; veo esas espaldas de nuevo y los mismos suspiros vuelven a ocupar su lugar en los mismos labios, aunque los labios, los suspiros y yo no somos los mismos.

Diré, corriendo el riesgo de no ser comprendido en lo absoluto, que un hombre que se precie de serlo no evalúa su vida -en cuestiones de amor- por los besos que ha robado en la semipenumbra de la juventud, ni por las caricias que le han sido otorgadas, ni por las noches de pasión -desenfrenada o no- que haya gozado, ni por las tardes de lluvia apapachadas, ni por las lunas de miel irreversibles, ni tan siquiera por las mujeres que ha tenido, las que lo han rechazado o las que lo han abandonado mientras tomaban su corazón entre sus manos para exprimirlo con una mueca de satisfacción en los diabólicos y femeninos labios. Mucho menos por las lágrimas que alguien derramó pensando en él, las cartas de amor que ha escrito o recibido, las cimas de montaña que ha alcanzado a requerimiento de tal o cual señorita de voluptuosas curvas, la fidelidad a la que se ha sometido voluntaria o involuntariamente, la evidente belleza de sus ocasionales -o permanentes- parejas, la redacción de alguna página de regular interés, la consumación de un acto heroico o la llegada al trono de tal o cual país.

Señores, la cosa es más trágica, más terrible, más desesperante: un hombre sólo puede entender de qué se trata esto del amor -de la vida, en definitiva-, recordando las mujeres que -voluntariamente- dejó pasar sin siquiera emitir sonido alguno. Un hombre conocerá la medida de su intrigante destino amoroso, la vastedad de sus latidos perdidos y la profundidad de sus suspiros cuando se detenga, se siente, cierre los ojos y recuerde, una a una, las mujeres que ha dejado pasar de largo sin una palabra.

Quiero decir que la medida justa es la ausencia, el abandono. La mujer que he podido dejar atrás, a quella a la que le abrí la puerta para ir a
jugar a otro patio, porque no me sentí digno de que jugara en el mio. Esa que siempre fue y será inalcanzable, y ante quien nunca seríamos capaces de probar si en verdad nos honraría con un segundo de su sonrisa.

Quiero decir que mi vida es aquella compañerita de jardín a la que, con apenas cuatro años, nunca pude mirar de frente y declararle mi amor sempiterno e incondicional porque sus ojos miel y sus bucles hasta la cintura atados con cintitas fucsia me dejaron sin palabras. Quiero decir que es aquella chica de andar sereno y expresión adusta, con el pelo lacio y la sonrisa hiriente, a quien durante años intenté traducirle en palabras lo que sentía en silencio sin poder lograr emitir sonido alguno.

Pero es más trágico. Es aquella mujer a quien miramos y miramos una y otra vez sabiendo que nunca será nuestra pero sospechando que a su lado el sol sería más tibio y nuestra vida cobraría sentido definitivamente. Es la que una y otra vez reaparece en nuestra vida tentándonos a reincidir en infructuosas ilusiones que nuestro corazón sabe vanas.
Es la que nos devuelve una mirada a la espera de una verdad que no podremos reconocer nunca porque sabemos perfectamente que no, que no puede ser. Que estamos destinados al fracaso.

Es, amigos míos, la plena conciencia de las mujeres que nunca serán, aunque sospechemos que deberían haberlo sido. La suma de esas mujeres, sus rostros, sus sonrisas, sus silencios, sus miradas, sus cualidades y sus espaldas al verlas alejarse, son las que nos muestran cuánto de nuestra vida valió la pena.

Porque es muy fácil enamorar mujeres hermosas... pero es mucho más maravilloso dejarlas pasar de largo, dejar que algún otario de lujo las enamore, con la certeza de que en ese renunciamiento va todo nuestro amor. Y no hablo de dejar pasar a una desconocida por la vereda sintiéndonos orgullosos de la mina a la que no le dimos bola; no señores. Hablo de enamorarse perdida e irremediablemente de una mujer, de llorar en silencio el desamor, de verla caminar cerca nuestro pero no a nuestro lado, de saber que en ella se encuentra la mitad de nuestro existir, de desgarrarse el corazón de dolor, de desangrarnos ante cada palabra del otro lado del teléfono, de sentir que la vida no tiene sentido sin ella. Una vez que ha llegado a ese lugar, querido amigo, déjela ir. Nunca le declare su amor, nunca le diga nada. Renuncie al amor de su vida. Su amor será sublime

Seremos perdedores, si, pero ¡Qué maravillosas mujeres hemos perdido!


1 comentarios:

Anónimo dijo...

Uy... qué loco esto de ponerme a pensar...ajaja... El amor?? una utopá, o realidad?? Un sueño, una ilusión?? El amor, sufrimiento, lágrimas, dolor??? El primer amor es quién marcó y marcará nuestro presente y futuro?? cómo saberlo??
Cómo no querer recurrir siempre a ese primer amor, aquel, que tan puro, tan transparente, tan claro, nos dejó marcado el corazón a fuego...
Seguiremos pensando...